Ser o no ser editor

El otro día saliendo con varios amigos editores por Madrid y hablando con un ilustrador, este nos confesó que para él, el editor desprendía un halo misterioso: es el que está en la sombra mientras el resto hace su trabajo. Al final hay muchas personas que no saben muy bien a qué se dedica un editor (no corrige el libro, no lo imprime, no lo maqueta, no lo escribe, no lo ilustra…) y  por ello, asumo yo, tiene ese halo misterioso, porque la gente no sabe muy bien qué es lo que hace. Ya desvelo yo ese misterio para quien no lo sepa: el editor (desde el director editorial al editor junior raso, cuyas responsabilidades aumentan o disminuyen según el cargo) tiene un papel de gestor de contenidos que además coordina al resto de colaboradores que van a hacer posible el libro. Y sí, se lo lee.

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Se supone que esta profesión es una de esas vocacionales, sin embargo doy fe que tengo algunos colegas que jamás quisieron ser editores y que a día de hoy desean escapar de los libros como sea, pero que en un momento dado les pareció una buena idea o tuvieron la oportunidad de dedicarse a esto. Yo reconozco ser editora vocacional, pero es cierto que, para mantenerme en esta profesión, he tenido que hacer malabares.

Para contar bien mi camino hacia el mundo de la edición empezaré por decir que estudié Filología Hispánica gracias a que mis padres siempre me apoyaron en cada rocambolesca idea que me venía a la cabeza, yo quería ser escritora y pensaba que con esa carrera aprendería a serlo: “Lo que tú quieras, y vas a ser la mejor”. Nada como unos padres que confíen en ti, pero nada más lejos de la realidad. Esta carrera te da un buen criterio lector y la posibilidad de acertar más preguntas de quesito marrón en el Trivial, pero poco más. En mi caso tuve la suerte de que esta carrera cambió para siempre mi percepción de la vida y la sociedad (sí, gracias), y mientras todos mis compañeros querían ser profesores, yo siempre quise ser editora: me parecía un sueño dedicarme a leer y leer obras de escritores y tomar decisiones con respecto a ellas. Estando aún en la universidad un importante sello editorial (el número 1 en ventas) me cogió para trabajar de lectora editorial, es decir, como lectora “filtro” haciendo informes de lectura. Creo que nunca me he dado cuenta de lo que supone hacer un informe desfavorable para un manuscrito y relegarlo por tu cuenta y riesgo al cajón de los “no vale”. Durante varios años leí originales para ser publicados, para premios, primeros capítulos de autores consagrados… y di mi sincera opinión en el informe sin despeinarme. Ahora que he conocido a varios escritores confieso que realizar ese trabajo te da mucho poder del que no eres consciente, y de que para una primera criba solo cuenta tu criterio y que el futuro de esos escritores noveles está en tus manos. Por suerte tengo la conciencia muy tranquila, no descubrí ni enterré ninguna joya. Eso sí, aprendí cómo funciona este mundillo y que la buena literatura está hecha para muy pocos.

ImagenMientras leía por un lado los manuscritos de dudosa calidad que los aspirantes a escritores enviaban a una de las editoriales más renombradas de este país y Latinoamérica, hacía horas como correctora ortotipográfica, redactora para una revista de arte y correctora de estilo. Tras esa etapa tortuosa en la que trabajaba como mujer orquesta, por fin comencé a trabajar como editora en un sello que publicaba libros de arte y divulgación. Ahí aprendí realmente el oficio, y mientras tanto estudiaba un curso de Edición. Reconozco que me apasionó. Me daba igual qué editar, si un catálogo para un museo o la edición en inglés del libro de un fotógrafo famoso, todo era maravilloso. Vivía en los mundos de yupi todo de colores del arcoíris.

La juventud es muy osada y en pleno auge económico y con un trabajo seguro, decidí dejar la capital, un trabajo estable, e irme a vivir al campo en Granada mientras trabajaba como editora freelance desde casa. He de reconocer que fueron de los mejores años de mi vida, pero a nivel profesional la decisión no fue la mejor de todas, ya que aunque sobreviví durante mi estancia haciendo las “andalucías”, mi regreso a Madrid en 2008, cuando la crisis económica estaba en pleno apogeo, fue un auténtico batacazo; me costó un esfuerzo hercúleo encontrar trabajo como editora y todo era temporal, durante un año estuve trabajando para una editorial americana; poco después me cogieron en otra editorial de libro de texto, donde finalmente estuve unos tres años, entre editora externa y editora interna; y ahora mismo estoy en otra editorial de texto (competencia directa de la última) sabiendo que tengo los días contados en este mundillo que se ha convertido en volátil, en el que por si la crisis general que vivimos no fuera suficiente, debemos lidiar diariamente con la crisis propia de un sector que está en pleno proceso de reconstrucción reinventándose en lo digital, desterrando el papel y en plena revolución industrial que me ha tocado de pleno (al menos tendré algo que contarle a mis nietos).

Sí, el editor es un gestor de contenidos, y tenemos que seguir al pie del cañón ya sea en papel, en digital o aunque se escriba en el cielo. No nos vamos a extinguir, así que esto es lo que nos queda:

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2 pensamientos en “Ser o no ser editor

  1. Gracias!! Ahora ya sé a que te dedicas exactamente!! jajajajaja…. Un articulo muy interesante. Firmado: co-autora de “Mermeladas y Potingues”.

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