Grandes inicios de narrativa

Cuando se hace un ránking de inicios de novela nunca falla: Ana Karenina y Don Quijote siempre están presentes. Y en este ránking también. Pero además os traigo inicios de narrativa contemporánea que me han gustado y no suelen estar en otros, y no solo de novela, también de cuentos.

Resurrección de León Tolstoi.

En vano los hombres, amontonados por cientos de miles sobre un pequeño espacio de terreno, esterilizaron la tierra que los sustentaba, la cubrieron de piedra a fin de que nada pudiera germinar; en vano arrancaron hasta la última brizna de hierba; en vano saturaron el aire de carbono y petróleo; en vano arrasaron los árboles y exterminaron a los pájaros y a las bestias. Todo en vano; la primavera es siempre la primavera.

Don Quijote. Miguel de Cervantes Saavedra.

En algún lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor…

Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez.

El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.

Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.

2 de noviembre. He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así.

Lolita de Vladimir Nabokov.

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.

La Regenta de Leopoldo Alas “Clarín”.

La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles, que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina, revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles.

La metamorfosis de Franz Kafka.

Una mañana, al despertar de un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se encontró en la cama  transformado en insecto monstruoso.

El extranjero de Albert Camus.

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: ‘Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias’. Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.

 

Anna Karenina de Leon Tolstoi.

Todas las familias felices son similares. Cada familia infeliz lo es a su propia manera.

El gran Gatsby de Francis Scott Fitzgerald.

En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vueltas por la cabeza.”Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien -me dijo- ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas…”

Moby Dick de Herman Melville

Llamadme Ismael. Hace años, no importa cuántos exactamente, hallándome con poco o ningún dinero en el bolsillo y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de ahuyentar la melancolía y arreglar la circulación.

En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.

Durante mucho tiempo, me acosté temprano.

Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo.

Orgullo y prejuicio de Jane Austen.

Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa.

El guardián entre el centeno de J.D. Salinger.

Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no me apetece contarles nada de eso.

Historia de dos ciudades deCharles Dickens.

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.

El hombre invisible de Ralph Ellison.

Soy un hombre invisible.

1984 de George Orwell.

Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece.

Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa.

Desde la puerta de La Crónica, Santiago mira la avenida Tacna sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?.

El camino deMiguel Delibes.

Las cosas podían haber acaecido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así.

Pedro Páramo de Juan Rulfo

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.

Estas son mis aportaciones, en las que incluyo inicios de cuentos, ¿por qué no? Seguramente no son tan espectaculares, pero a mi me han tocado la fibra, aquí van:

La niña que amaba las cerillas de Gaetán Soucy

Mi hermano y yo tuvimos que hacernos cargo del Universo, pues una mañana sin avisar, porco antes del alba, papá entregó su espíritu. Sus despojos crispados en un dolor del que sólo quedaba la corteza, sus decretos de súbito convertidos en polvo, todo eso yacía allí en el cuarto desde el cual papá todavía la víspera nos ordenaba todo. Mi hermano y yo necesitábamos órdenes para no borrarnos por trozos, era nuestro mortero. Sin papá nada sabíamos hacer. Apenas podíamos vacilar, existir, temer, sufrir.

Como una novela de Daniel Pennac.

El verbo leer no soporta de imperativos.

Ciudad de cristal de Paul Auster.

Todo empezó por un número equivocado. El teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz del otro lado preguntó por alguien que no era él. Mucho más tarde, cuando pudo pensar en las cosas que le sucedieron, llegaría a la conclusión de que nada era real excepto el azar.

Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll.

Alicia empezaba ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río, sin tener nada que hacer: había echado un par de ojeadas al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía dibujos ni diálogos. «¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?», se preguntaba Alicia.

Orlando de Virginia Wolf.

Él -porque no cabía duda sobre su sexo, aunque la moda de la época contribuyera a disfrazarlo- estaba acometiendo la cabeza de un moro que pendía de las vigas.

El viejo y el mar de Ernest Hemingway.

Era un viejo que pescaba solo en un bote en el Gulf Stream y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez. En los primeros cuarenta días había tenido consigo a un muchacho.

Cuento Vecinos de Raymond Carver.

Bill y Arlene Miller eran una pareja feliz. Pero de vez en cuando sentían que solamente ellos, en su círculo, habían sido pasados por alto, de alguna manera, dejando que Bill se ocupara de sus obligaciones de contador y Arlene ocupada con sus faenas de secretaria.

Cuento La oveja negra de Augusto Monterroso.

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Cuento Noche de Alice Munro.

En mi juventud parecía no haber nunca un parto, o un apéndice reventado, o cualquier otro incidente drástico de salud que no ocurriera mientras arreciaba una tormenta de nieve. Las carreteras estarían cortadas, así que de todos modos no se podría pensar en sacar un coche, y habría que enganchar varios caballos para llegar al pueblo e ir al hospital.

Cuento De las memorias de un idealista de Antón Chéjov.

El diez de mayo tomé una licencia por veintiocho días, le pedí a nuestro tesorero cien rublos de adelanto y decidí, fuera como fuera, “vivir un poco”, vivir un poco a todo trapo, de modo que después, en el transcurso de diez años, pudiera vivir sólo de los recuerdos.
¿Y saben ustedes qué significa “vivir un poco” en el mejor sentido de esas palabras?

¿Qué otros comienzos te han enganchado?

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