Bendita minoría

Ha ganado Trump. Y ganó Rajoy. Y el Brexit. Y Colombia dijo “no” a la paz. Este año han preguntado y las respuestas han sido siempre contrarias a lo que yo esperaba. Por suerte, estoy acostumbrada a formar parte de la minoría: me crié en una familia conservadora, tradicional, de derechas y católica, por lo que yo era el elemento discordante en todas las conversaciones. Tuve la suerte de que, a pesar de nuestras diferencias políticas, religiosas y de forma de ver la vida, me entendía a la perfección con mi madre, pero no así con el resto. En mi círculo de amistades ocurría lo mismo, yo era la rara que pensaba diferente, por lo que seguía siendo una minoría. Esto fue sostenible mientras lo que yo opinaba no fuera trascendente, en el momento en el que mi opinión tuvo que ser considerada para tomar decisiones importantes, fue más conveniente apartarme completamente, y yo sufrí una catarsis en la que vi la luz para  distanciarme definitivamente e iniciar un camino muy distinto en mi vida que me cambió a mucho mejor y me hizo extremadamente feliz.

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A medida que fui relacionándome con otras personas, en otros ambientes, encontré esas raras avis para mí que opinaban como yo, y poco a poco me fui creando un círculo más afín al mío. En los últimos años, el 90% de mis amigos, mis compañeros de trabajo, los nuevos amigos que surgen en mi entorno por el colegio de mis hijas, en el barrio, o nuevos conocidos que encuentro en otras situaciones, piensan de forma parecida a  la mía (el 10% restante son familiares y amigos que me quieren y quiero por encima de cualquier pensamiento). Así que el 90% de mi tiempo y espacio estoy en una burbuja social en la que nos consideramos feministas; hay muchos ateos, agnósticos o que llevan la religiosidad de una forma muy particular y alejada de los estándares tradicionales; más o menos interesados en las expresiones culturales que tenemos a nuestro alrededor como la literatura, el teatro, el buen cine, el arte; que no dan nada por sentado, ni a los periódicos afines a su ideología política y que dudan de todo lo que tienen a su alrededor; que tienen inquietudes y les interesan las cosas que pasan, los que las cuentan, y desarrollan un criterio sobre lo que les rodea; que buscan que todos y todas tengamos los mismos derechos sociales en cuanto a sanidad, educación o libertad sexual; que todas las personas desfavorecidas estén protegidas y se vele por sus derechos (véase inmigrantes, refugiados, o cualquier ciudadano en situación crítica); que tenemos conciencia ecológica. En este saco, no todos opinamos exactamente igual y por ello hay anarquistas, socialdemócratas, antisistema, anticapitalistas, ecologistas, comunistas, altermundistas, progresistas… algunos son varias cosas, otros son todo, otros no se consideran nada. Unos son profesionales de éxito, otros profesionales creativos, otros profesionales simplemente, otros funcionarios, otros no tienen trabajo. Unos tienen más dinero, otros menos. Pero más o menos, nos entendemos. No ocurre así en la política, que no se entienden en absoluto. Por un momento, me creo que mi entorno social es el mundo en el que vivo, pero gracias a que sale Rajoy, Trump, el Brexit y el “no” a la paz en Colombia, me devuelven al mundo real. Ese en el que la gran mayoría piensa al revés de lo que yo pienso.

Somos una minoría, pero bendita minoría.

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